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No es una historia de terror, de personas muertas que nos visitan, espíritus, oscuridad, etc, etc. Pero aún hoy, unos 4 años después, siento una mezcla de miedo y vergüenza al recordar lo que llegué a pensar en hacer.
En la universidad conocí a una compañera de clase de la que me enamoré. Desgraciadamente para mí, ella no sentía lo mismo. Al principio, no es que no me importase (todo lo contrario), sino que por decirlo de algún modo, yo aún estaba “fresco” y aguantaba bien, dentro de lo que cabe, el no poder salir con ella. Pero era claro que no iba a poder continuar así durante mucho tiempo. Llegué a sentir una impotencia y una tristeza y una desesperación tan grandes, que un buen día empecé (menos mal que solamente empecé) a materializar lo que desde hacía algún tiempo barruntaba como solución a mi estado de ánimo. Me aseé, me vestí muy guapo, y salí a la calle. Acudí a una tienda de una de las calles más céntricas de la ciudad, y solicité a la dependienta unas cuchillas de afeitar, ya imagináis con qué finalidad. ¿Os dais cuenta? Sólo me quedaban unas horas de vida, tan sólo unas horas más de existencia y… ¡adiós para siempre a todo lo que conocía, familia, amigos…! Sí, yo había planteado tomar una terrible determinación.
La dependienta, endiabladamente inteligente por cierto, me miró con cara de preocupación y sospecha. Yo creí adivinar lo que estaba pensando. ¿Cuchillas de afeitar, cuando hoy día casi todos los hombres jóvenes se afeitan con maquinillas desechables, o con esas otras maquinillas de cabeza basculante y loción suavizante incorporada? Por no mencionar las eléctricas. Tuve que apresurarme a darle un pretexto con el que no debió quedar muy convencida, pues a pesar de que finalmente me vendió las cuchillas, la expresión de su rostro no cambió.
Emprendí el largo paseo de vuelta a casa, increíblemente tranquilo teniendo en cuenta lo que estaba a punto de hacer. Sin duda, estaba decidido a dejar de sufrir. Crucé el portal, subí las escaleras, entré en casa, me encerré en el cuarto de baño, extraje una cuchilla de la cajita, retiré el papelito en el que estaba envuelta… treinta centímetros, veinte, diez, cinco… me miré en el espejo, pensando “quiero ver mi cara por última vez”… y cuando tenía el filo de la cuchilla a no más de dos centímetros de mi muñeca izquierda, ocurrió el milagro. Me dio por preguntarme a mí mismo si realmente merecía la pena hacer aquello. Era una penalidad; grande, pero sólo una. ¿Merecía la pena abandonar todas las cosas buenas que yo conocía, por una única penalidad? Muy lentamente, volví a guardar la cuchilla, cuidadosamente envuelta, en su caja. Y acto seguido, bajé a tirarla en el contenedor de basura más próximo.
En los siguientes días, por no decir semanas, mi barba creció mucho, debido a que yo ni siquiera me atrevía a mirarme en el espejo para afeitarme, tanta era la vergüenza que yo mismo me había hecho pasar. Pero yo estaba destinado a vivir. Afortunadamente, no hay mal que cien años dure (y si lo hay, no hay cuerpo que lo resista), y poco a poco empecé a querer a mi compañera de universidad solamente como amiga. Por supuesto, nunca le conté lo que ahora os cuento a vosotros/as. Sólo sé que, según dice el refrán, “lo que no me mata me hace más fuerte”. Nunca intentéis suicidaros, y menos aún por no ser correspondidos en el amor, porque llegará otra oportunidad.
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